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San Fernando: la feria que Cáceres está olvidando

Hubo un tiempo en el que la Feria de San Fernando olía a albero, a cuero y a caballo.

Un tiempo en el que llegar al ferial no era solamente ir de fiesta. Era encontrarse con las raíces de Extremadura. Ver familias enteras vestidas de flamenca, jinetes recorriendo el recinto, caballos preparados desde primera hora de la mañana y casetas donde todavía se hablaba de campo, de ganado y de tradición.

Porque la Feria de San Fernando no nació como una feria cualquiera.

Nació a finales del siglo XIX ligada al comercio ganadero y al mundo rural extremeño. Y durante décadas, esa esencia permaneció viva. El caballo no era un adorno ni una moda para una fotografía. Formaba parte natural de la feria porque formaba parte natural de la vida de muchas familias.

Cáceres tenía identidad propia.

La última semana de mayo significaba calor, ambiente, sevillanas, paseo de caballos y una ciudad que, durante unos días, se transformaba para celebrar algo más importante que unas simples fiestas: celebraba su vínculo con la tierra.

Hoy, sin embargo, la sensación es distinta.

La feria sigue llenándose. Sigue habiendo música, luces y miles de personas. Pero cada año parece más difícil encontrar aquello que hacía diferente a San Fernando.

Cada vez hay menos caballos.
Menos trajes de corto.
Menos sevillanas durante el día.
Menos tradición.

Y quizá la pregunta no sea por qué la feria ha cambiado. Todo cambia.

La verdadera pregunta es:
¿en qué momento dejamos que perdiera su esencia?

Porque modernizar una feria no debería significar convertirla en una copia de cualquier otra. Y eso es precisamente lo que muchos sienten hoy al recorrer el recinto ferial: que la identidad cacereña se ha ido diluyendo poco a poco entre conciertos, macrocasetas y un modelo de ocio cada vez más rápido y menos conectado con nuestras raíces.

La Feria de San Fernando tenía algo que otras no podían imitar.

Tenía alma ecuestre.

Tenía ese paseo de caballos que detenía miradas.
Tenía familias preparando durante semanas sus trajes.
Tenía aficionados viviendo la feria desde por la mañana.
Tenía elegancia.
Tenía tradición.

Y sobre todo, tenía autenticidad.

Porque antes el caballo no era postureo.
Era cultura.
Era tradición.
Era Extremadura.

Quizá las nuevas generaciones nunca lleguen a conocer aquella feria que muchos recuerdan. La de las calles llenas de sevillanas, el sonido de los cascos sobre el suelo del ferial o los corrillos alrededor de los enganches y caballos.

Pero aún estamos a tiempo de preguntarnos hacia dónde queremos llevar nuestra feria.

Si queremos una feria con identidad propia.
O una feria más, igual que todas.

Tal vez recuperar las tradiciones no sea vivir en el pasado.

Tal vez sea simplemente no olvidar quiénes somos.

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